En una fría mañana de invierno, los bosques exhalaban bao en sus susurros, gritaba la naturaleza esperando ser salvada, los pájaros alzaban sus cantos matutinos a lo alto de las montañas, la brisa rozaba mi cara de porcelana, me sentía en paz. Hasta que me la destruyó Archi, el cazador personal de mi padre. Por entonces, en el tiempo en el que vivíamos en la aldea, Archi no estaba con nosotros, hasta que mi padre empezó a trabajar desde casa, obtuvo mucho dinero y lo contrató, ya que su trabajo le quitaba demasiado tiempo libre.
Como siempre, supuse que mi padre le había encomendado cazar algo en específico, y en efecto, así fue. Fuimos a por la presa más difícil y peligrosa de matar, un lobo blanco. A mi padre no le gusta comprar en la carnicería como suele hacer la gente de a pié, le gusta tener sus presas frescas para comer. Ahora es un multimillonario muy famoso en su empresa, uno de los accionistas y proveedores mayoritarios. He pasado mi adolescencia con todos los lujos que podría desear una niña de quince años, los días de navidad eran los más dulces para mí, no solo por los regalos, sino porque mi padre se sentaba a descansar, y a pasar un poco de tiempo con su pequeña. Él siempre está fuera de casa, siempre ha estado trabajando muy duro para poder darnos todos los lujos a mí y a mi hermana Mar, esa pequeña de ojos verdes que tanto me chincha, y que tanto la quiero, mi pequeña princesita de ocho años.
Mi padre, a parte de ser un hombre muy ocupado y aficionado a la caza, me ha enseñado todo lo que sé, defensa personal, a cazar, e incluso a matar. Hemos utilizado siempre las armas más rudimentarias, es decir, las que se utilizaban de tiempos remotos, pero como siempre, con un toque de brillo, como suelo decir yo.
Hace tiempo que dejé de vivir en esa aldea, y empecé a vivir en la ciudad, en Buenos Aires, mi querida Argentina. Viví muchos años en Alaska, y me da miedo pensar que no siempre tuve esta vida, e incluso que mi padre y yo tuvimos que hacer "malos tratos" para poder sobrevivir, aunque he de decir, que jamás he visto un paisaje tan bello.
Esto se remonta al día 9/10/2009 en el que vi algo que me cambió la vida desde entonces hasta ahora. Cuando fuimos a recoger nuestra presa diaria, como hacíamos habitualmente, levantamos al ciervo que habíamos cazado, y para nuestra sorpresa, vimos que justo en el hocico de aquel sorprendente animal, se hallaba un huevo dorado.
Archi llamó a mi padre urgentemente, y me dejó el huevo en la mano para salir corriendo en su busca. Entonces, cogí un huevo de un águila en la copa del árbol de mi derecha, el cual trepé con mis audaces botas de caza, y lo estrellé contra el suelo en la punta del hocico del ciervo, para que pareciera un accidente. Mi padre pensaría que era una de las chifladuras de su codicioso cazador. Por lo que no habría problema, yo era la niña de sus ojos, sabía que nunca le mentiría. Me guardé el huevo en el bolsillo interior de mi abrigo y me cerré de nuevo mi chaqueta de caza, de cuero marrón. Y en efecto, eso fue lo que pasó:
-A ver Cris, enséñame el huevo.
-¿Qué huevo? ¿El que está en el suelo roto, junto al arce? -Archi no daba crédito de lo que veían sus ojos. Cristinella acabó de soltar la frase con un nudo en la garganta, pero cuando su padre se giraba a mirar el huevo, torcía la sonrisa, en una mueca de victoria.
-¿Archi, me has hecho venir hasta aquí para ver esto?
-¡Román, te juro que se lo dejé a Cris, era dorado y enorme! ¿No me crees? Hemos trabajado juntos durante años, no sé como puedes pensar que yo te mentiría en algo así. -El joven cazador se mostraba indignado y con una mueca de incredulidad y miradas de desprecio hacia su niñita caprichosa. Sabía que hiciera lo que hiciese jamás le creería y además siempre defendería a su ojito derecho. Que rabia le producía aquella niña a veces.
-Archi, no sé qué te has tomado, pero la verdad creo que deberías descansar un poco, la caza produce mucha adrenalina, y no puedes pensar con claridad en estos momentos. -Dijo Cristinella con un dege de malicia en la voz.
-Sí, es cierto, acuéstate un rato, te sentirás mejor.
-Está bien, como queráis, pero sé bien lo que han visto mis ojos, buenos días. -Se fue indignado hacia sus aposentos, donde le esperaba un buen baso de wisky con hielo, lo necesitaba urgentemente. Por suerte, siempre lo guardaba en su mesilla de noche, así que no le sería difícil.
Al llegar a casa de ese mismo día, escondí el huevo, y sabía de sobra, por lo que me había enseñado mi padre que debería ser incubado inmediatamente para que no muriera el ser vivo, cualquiera que fuera que estaba creciendo en su interior. Jamás había visto algo parecido. Pasé más de dos meses cuidando el huevo, dándole calor con bombillas, de todo, pero no nacía. Hasta que por fin, el 20 de diciembre del 2009 vi asomar un ala roja, después la otra, después una cola larga y escamosa, después las orejas, y después me desmayé porque creí ver un dragón.


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